Trabajar desde casa con un bebé: algunas buenas prácticas

Recientemente escribí una entrada con un título similar, y me di cuenta al poco tiempo que el título prometía dar consejos o por lo menos hablar un poco más de lo que significa concretamente trabajar desde casa con un bebé o un niño pequeño, y no una reflexión general sobre el tema. Así que aquí va esta entrada para compensar lo anterior.
Como verán, ya casi voy a cumplir año y medio trabajando en estas condiciones, unos meses dedicada enteramente a trabajos del hogar y el cuidado de mi hijo, y otros combinando estas actividades con otras remuneradas. Les comparto algunas prácticas que me han funcionado:

1. No tener horarios. He leído en algunas páginas el consejo contrario, es decir, acatarse a horarios fijos. Creo que esto depende de cada quien. Antes de que naciera León, pese a que mi condición como estudiante de doctorado de tiempo completo me permitía ya el lujo de determinar mi ritmo de trabajo, me funcionaba trabajar con un horario como de oficina. Por el contrario, desde que nació León me funciona más olvidarme, en lo posible, del reloj. Pensar en horarios me estresaba mucho, simple y sencillamente porque era imposible seguirlos. Así que un día decidí que no importaba si mi día empezaba a las nueve o a las diez de la mañana, si me bañaba por las mañanas o por las noches, si el almuerzo casi parecía comida de tan tarde, si un día avanzaba en mi tesis en la mañana y otro en la tarde y otro mañana y tarde y otro sólo prendía la computadora y la dejaba en reposo todo el santo día. Acepté que hay días en que tu hijo te necesita, y otros en los que duerme más o prefiere jugar solo y puedes avanzar en tus otros pendientes.

2. Juntas virtuales. A pesar de que las personas con quienes tenga que reunirme vivan en la misma ciudad, las juntas virtuales me resultan más efectivas. Así, me ahorro el tiempo de los traslados, la estacionada y el que tengo que ocupar para preparar lo necesario para que alguien más se quede con León. De cualquier manera ocupo que alguien lo cuide mientras dura la videollamada, pero es menor y estoy más a la mano en caso de que se requiera. Esto era más necesario los primeros meses en que estábamos con LME, pero como sea es útil. También he notado que la plática del preámbulo dura menos. En cierta forma, esto significa menos socialización con los otros, pero en definitiva suelen ser juntas más efectivas laboralmente hablando.

3. O una cosa u otra. He tenido que aceptar que no se puede todo. Si quiero preparar yo misma desayuno, comida y cena, por ejemplo, tengo que saber que ese día no haré nada de trabajo remunerado. Y al revés, si necesito entregar un trabajo, entonces es preferible comprar comida hecha y simplificar desayuno y cena. Algo similar pasa si mi bebé está particularmente inquieto. He notado que se queda más tranquilo si me ve haciendo limpieza que si me ve delante de la computadora. Así que si un día no me deja hacer nada que implique computadora, mejor lo dedico a limpiar o lavar ropa. O de plano a jugar con él y, de paso, estimular su aprendizaje y enseñarle algunas cosas básicas como guardar los juguetes al terminar de usarlos, o acompañarlo en su proceso de socialización con otros niños de la cuadra.

4. Cambiar de ambiente. He notado también que León suele ponerse más inquieto si pasa mucho tiempo en un lugar, particularmente en la estancia donde tengo mi escritorio. Así que a veces mis actividades se convierten en una especie de rally. Barro aquí, ordeno allá, leo aquí, edito allá. El uso del ipad y de aplicaciones para editar como Pdfnotes, Pages, o para llevar mis documentos simultáneamente como Dropbox y iCloud me han servido mucho.

5. Involucrar a mi hijo en mis actividades. Esto es más fácil, dada su edad, en las tareas de la casa. Y uno tiene que aceptar que su ayuda es, bueno, peculiar. Pero aquí lo importante es hacerlo parte del equipo familiar, y no tanto qué tan bien sacudido queda o si tenemos que volver a barrer.

6. Trabajo en equipo y comunicación. Mi pareja y yo, desde siempre, participamos en todas las tareas y nos ayudamos también en nuestras actividades laborales. Con la llegada de León, durante los primeros meses él básicamente se encargó de la limpieza porque mucho del cuidado del bebé dependía de mí. Pero cumplido un año y sin un trabajo estable, yo sentí que ahora la responsabilidad de la casa era más cosa mía, cosa que me estresaba demasiado. Tuve que aclarar mi mente, identificar por qué sentía esto y, sobre todo, ser muy clara para pedir ayuda. Si uno no dice “necesito que hoy o mañana me ayudes en tal cosa” es difícil que el otro adivine nuestros pensamientos. Ahora hemos vuelto a como hemos sido siempre: los dos colaboramos en lo que se necesita, lo mismo cambiar un pañal que lavar un plato o editar un texto.

7. Ser realista. Esto significa no aceptar más trabajo del que soy capaz de manejar y, de entrada, no aceptar proyectos con calidad de urgente. Suena fácil, pero yo estaba acostumbrada a estar involucrada en muchos proyectos a la vez y, de igual forma, las personas estaban acostumbradas a un ritmo de trabajo de mi parte que ya no me es posible mantener. Así que constantemente tengo que recordar este punto.

8. Dormir bien. Hay personas que pueden dormir cuatro horas y seguir con sus días, pero yo no soy de esas. De nada me sirve pretender trabajar por las noches si al día siguiente voy a estar de mal humor. Entonces, decidí que es mejor tener una mamá descansada. Así, además, soy más productiva y estoy más concentrada en esos minutos en que puedo dedicarme a pendientes laborales.

9. Entender que mi prioridad, en este momento, es mi hijo. Mi hijo llegó porque así lo decidimos y deseamos su padre y yo. Más: cualquier hijo, planeado o no, llega al mundo porque así lo deciden sus procreadores. Uno debe estar consciente del compromiso que adquirimos al decidir traer un bebé a este mundo, y responder a él. En términos prácticos, esto a veces significa rechazar un proyecto tentador y prometedor para nuestras carreras profesionales, pero que sabemos significaría dejar en segundo lugar a nuestra vida familiar. Menos dramático, significa también darme tiempo para llevar a León al parque o, por lo menos, para jugar con él un buen rato todos y cada uno de los días. De esta manera, él también está más dispuesto a tener paciencia y esperar a que llegue el momento de salir a jugar, porque sabe que efectivamente ese momento llegará y no son promesas vacías. Por otra parte, me permite disfrutar libremente, sin culpas ni presiones, la alegría inmensa de compartir estos días con mi pareja y mi hijo.

Trabajar desde casa

Combinar el trabajo con la paternidad no es fácil, en cualquiera de sus combinaciones: sea que uno decida trabajar en la casa, trabajar con remuneración desde casa o trabajar con remuneración fuera de casa. Cada una tiene sus retos, sus altas y sus bajas. Cada una conlleva sus momentos de duda: ¿estaré haciendo lo correcto?

Pero si algo se aprende en esto de ser mamá y papá es que eso de lo correcto… nunca se está seguro de qué es.

Pero henos aquí: hoy mi familia y yo cumplimos dieciséis meses de trabajar desde casa para amamantar y –ahora lo veo– para criar en libertad.

No, no siempre es fácil. Y no, no siempre me siento tan segura de mis decisiones. Pero lo cierto es que esos momentos de duda y de cansancio terminan siempre por reforzar mi convicción de criar a mi hijo yo misma. Y lo cierto es que jamás había tenido tan bajos niveles de estrés en mi vida adulta.

Antes, cuando practicaba Tai Chi, sentía cómo se relajaba todo mi cuerpo y dejaba ir el estrés. Ahora, sólo siento el agradecimiento de mi cuerpo por estirar y fortalecer mis músculos, pero no siento la dureza que antes siempre estaba ahí.

Justo ahora estoy por comenzar una nueva etapa: luego de que este semestre fue de pausas, de trabajos eventuales, de dedicarme mucho más a mi hijo y a la casa, regresan mis ganas de reincorporarme a la investigación y a la creación.

Sí: mi sueño dorado era conseguir una beca para escribir que me permitiera quedarme en casa con León y hacer esas dos actividades que tanto me gustan sin tener que preocuparme por las cuentas por pagar: No quiero nada, ¿verdad? Pero no se dio.

Ahora, si deseo reincorporarme a la investigación tengo que reincorporarme a la academia, y eso significa dar clases. En agosto, si todo sale bien, tendré un grupo en la universidad. Un grupo. Suena poco, pero a veces siento un poco de miedillo de ver cómo será este regreso al mundo laboral más formalmente.

De cualquier manera, mi pareja y yo hemos decidido que continuaremos como hasta ahora: criando a nuestro hijo entre los dos, trabajando desde casa el mayor tiempo posible.

De profesionista con doctorado a ama de casa

Algunas mujeres que son madres y tienen un trabajo remunerado fuera de casa se sienten ofendidas con términos tales como”mamá de tiempo completo”. De la misma manera, otras pueden molestarse con la distinción entre “madres que trabajan y madres que no”. Para mí, lo que está en el fondo de estos términos y estas distinciones es el descrédito de las mismas mujeres –por supuesto, no de todas– hacia las labores relacionadas con el hogar y la crianza de los hijos.

Al respecto, me parece muy ilustrativa una imagen que publicaron en un diario en ocasión al día de la mujer. La imagen mostraba a una mujer delgada, bien vestida y con labios pintados que sostenía, con una mano, una serie de globos con artículos de oficina y, con la otra, otra serie de globos con artículos relacionados con la casa y los hijos. ¡Menuda liberación femenina!, pensé: Ahora, para aspirar a una imagen de éxito ya no sólo basta con tener la casa limpia y ordenada, los hijos pulcros y bien educados, mantenerse delgada y bella, sino que es necesario además tener un buen puesto en alguna organización y un sueldo asegurado. A ello hay que sumarle, por si fuera poco, tener tiempo para hacer ejercicio y salir con las amigas regularmente, porque hay que darse tiempo para una misma.

Así, si una mujer llega a cierta edad soltera y sin hijos, aunque corra maratones y viva holgadamente, seguro que constamente se verá cuestionada sobre el matrimonio o la maternidad. De otra parte, si una mujer decide dejar su carrera profesional para dedicarse a sus hijos, igualmente se topará con cuestionamientos. En efecto, si un tiempo era mal visto que una mujer pensara en estudiar y trabajar, ahora parece que está mal visto que una mujer, sobre todo si tiene una carrera profesional, piense dedicarse exclusivamente a su hogar.

Recientemente terminé mi doctorado –¡Sí! ¡Logré mi meta, amamantando libremente y todo!– y por diversos motivos decidí posponer una búsqueda de empleo formal y sigo trabajando desde casa. Así que ya me tocó escuchar la frase que uso como título de esta entrada, y no precisamente como un cumplido. Lo más triste es que la escuché de una mujer que es, precisamente, ama de casa.

Si un ascenso laboral significa mayor responsabilidad, ¿por qué este cambio no es percibido como un ascenso? ¿Acaso criar a un hijo no es un trabajo con un impacto social altísimo? ¿Por qué una tarea parece ser importante sólo si puede medirse en términos financieros?

El poco crédito que suele darse a quienes se dedican a la casa y a los hijos se da tanto para hombres como para mujeres. Conozco también casos de hombres que trabajan o han trabajado, con remuneración o no, desde casa, y tampoco reciben mayor aprobación o menos cuestionamientos. ¿Por qué, entonces, tal descrédito al cuidado de un hogar?

Creo sinceramente que no trabajan más aquellos que salen de casa ni los que nos quedamos. Creo, más bien, que deberíamos ampliar nuestro concepto del trabajo y del éxito, y empezar a ver que hay muchísimas maneras –y no sólo una o dos– de formar un hogar y de ser feliz.