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¿Quién da vida a quién?

Sigo maravillándome de las cosas que me han estado pasando en este último año, desde que MI entró en mi vida. Ella no fue planificada, pero sí fue deseada y esperada con mucho amor. Con una pareja que parecía estable, un empleo de librera que me daba un buen ingreso, excelentes beneficios laborales para trabajadores con hijos (bono de nacimiento, seguro médico, guardería desde los tres meses, bono para juguetes y útiles escolares) y un futuro prometedor, solo hacía falta un bebé para poner la guinda al postre.

Un lluvioso 17 de noviembre estaba abrazada a mi esposo en medio de la librería, llorando de la felicidad: la prueba dio positivo. Ya en casa, sola, acostada en la cama, viendo el techo, no lo podía creer. Más allá de los síntomas que se dejaban confundir con un síndrome premenstrual, mi cuerpo no mostraba cambio alguno. ¿De verdad había sucedido el big-bang dentro de mí?, ¿de verdad se estaba formando una nueva vida en mi vientre?

2 1024x768 ¿Quién da vida a quién?

Prueba de embarazo

Pasé la mayor parte del embarazo de buen humor, soñando y soñando. Es maravilloso sentir cómo le das vida a cara réplica de célula de ese pequeño cuerpecito. Estuve tan emocionada que soporté de buen grado y hasta disfruté cada mala de primer trimestre: mareos, ganas de ir al baño a cada rato, hambre voraz, antojos de gelatina y helado de chocolate, aquella sensación de dormir dopada, sueño infinito, las ganas de vomitar, aquel ataque extraño de hambre a las cuatro de la mañana. Supe que había superado el primer trimestre cuando sentí que no tenía flojera de levantarme de la cama, de la que salí pocas veces, y tenía muchas ganas de recobrar la vida laboral y social que tenía antes de estar embarazada. Las malas del último trimestre tampoco me amilanaron, como la sudoración excesiva, las oleadas de calor, los pies hinchados, el peso infinito, el dolor de espalda, entre otros.

Todos esos malestares eran consecuencia de las exigencias que se requieren cuando vivimos el milagro de formar una nueva vida en ese espacio que de repente se torna un santuario, nuestro vientre.

Un mes antes de dar a luz, me fui a casa de los suegros, en un pueblo a seis horas de mi pueblo, y mi esposo quedó en casa. Ellos me recibieron con mucho cariño y me dieron la atención y los cuidados dignos de una reina. Habían preparado y decorado una habitación al lado de la de ellos, me acompañaron a las consultas prenatales, hicieron un intento de consolarme cuando me dijeron que “no podía parir porque era una primigesta añosa” de treinta y un años y cuando me hicieron aquel horrible tacto para saber cómo iba la cosa. Sabía que la lactancia era lo mejor y estaba dispuesta a luchar por ella y quería parto, pero acepté resignada la ingrata intervención médica. Por lo demás, todo marchaba sobre ruedas.

Mi vida durante ese mes antes del nacimiento de MI fue hermosa porque ya todo el tiempo se iba en dar retoques a los detalles de bienvenida. Me llené de ansiedad y de muchas expectativas, soñaba con ella y me imaginaba cómo sería mi vida con ella en mis brazos. Apenas si tuve chance de echar una leidita rápida a lo que es la crianza con apego y apenas si estaba dispuesta a no dejarla llorar cuando naciese. Una semana antes de la inne-cesárea, llegó mi esposo y sentía que mi felicidad era infinita.

Pero la felicidad no es infinita y la historia tiende a tener reveses inimaginados. Mi primera gran depresión empezó al día siguiente de la cesárea. Esa historia ya la he contado antes en lo que pensaba era una denuncia prescrita.

Al día siguiente del nacimiento de MI, con quien pasé mes y medio entre suegros, primos, tíos y hermanos y amigos paternos, empezó la gran odisea. Nunca me imaginé que la cesárea haría su primer tanto en contra de la lactancia ni que las hormonas me invalidarían físicamente para defender aquello en lo que creía.

Me sentí sola porque mi esposo dejó de ser mi esposo para ser el hijo de aquellos que pasaron de ser mis maravillosos suegros a ser mis rivales. Por la fuerza con que resistí el ataque a la lactancia, fui constantemente calificada de terca, de ignorante, de retrasada, de inconsciente y demás. Mi hija estaba flaca y amarilla a los ojos de la familia y lloraba todo el tiempo por mi culpa. Mi cuarto ya no era mi refugio y había perdido en poco espacio personal que me quedaba al tener un desfile de más de veinte personas de la familia opinando sobre cómo hacer las cosas incluso a altas horas de la madrugada, cuando MI apenas hacía un ruidito para pedir la teta. Perdí privacidad física y emocional.

Poco a poco, con las noches de insomnio eternas y los dolores en los pezones inmensos, fui cediendo terreno hasta que, en la tercera semana, bajo las recomendaciones de la prima médico, entregué con mucha frustración, la batalla. Ella misma me compró el maldito pote de fórmula y yo pensé que me dejarían en paz.

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A un mes de su nacimiento

Sintiéndome sola en un planeta ajeno, sin entender el llanto de mi hija, me fui marchitando. Mi humor cambió, mi cara, mi actitud, mis respuestas. Entregué el mando. Entonces, fui constantemente calificada de amargada y respondona. “Esta no escucha consejo de quienes sabemos”, “ella es una “nueviza” que no sabe nada y se cree que las sabe todas”.

 

Hasta que llegó el día del regreso. Mi esposo sospechosamente me insistió en que Mi y yo nos quedásemos en casa de los suegros quince días más y, en medio de una discusión, impuse mi regreso. Preparándome para el viaje, mientras empacaba los miles de regalos que le hicieron a MI durante los dos meses y medio que duró mi estadía, soñaba con regresar a casa a abrazar a mi marido, a dormir oliendo su piel, a levantarme en la madrugada a dar teta y sentirme acompañada por primera vez desde que nació mi bebita. Soñaba con hacerme cargo de mi vida sin la intromisión imprudente de terceros.

La entrada a casa fue como un suspiro largo por el que fluye todo el oxígeno del planeta. Mi hermana menor me encontró flaca y demacrada, pero ya esa primera etapa estaba por terminar. Ya al mando de mi vida, todo volvería a su lugar, ya tendría tiempo de retomar mi vida.

Pero no todo terminaba allí. Al terminar la inmensamente grata bienvenida, sentí que a mi esposo se le pasó el suiche de la calidez al distanciamiento y la frialdad totales. ¿Qué pasó?, ¿por qué no me dejaba abrazarlo?, ¿por qué se quedó despierto toda la noche?

La segunda madrugada, cuando me levanté para darle teta-tetero a mi pequeñita, decidí preguntarle abiertamente: ¿qué te pasa?

Su respuesta fue como un empujón al fondo del abismo, con la sensación de un frio en el estómago incluido: Ya no te amo. ¿Cómo había dejado de amarme si ahora teníamos a una hermosa bebé que venía a coronar nuestro amor?, ¿ahora qué hago con todo este amor que siento por él?

Para resumir, mi esposo me dejaba porque, en mi ausencia, se había liado con la secretaria de su oficina, una mujer totalmente opuesta a mí en gustos y totalmente adherida al sistema social, había dejado de pagar las cuentas durante tres meses para gastarse el dinero saliendo con ella y ahora se iba porque la amaba. Tras eso, descubrí una serie de infidelidades e historias escabrosas que sucedieron a mis espaldas durante mi embarazo.

Miles de preguntas me invadieron. Me sentí culpable por haber plantado batalla contra los suegros porque quizá ese fue el detonante. Me sentí culpable por haber entregado la batalla sin saber que este idiota no lo valoraría. Me sentí culpable de haber aceptado mudarme con él y de haber salido embarazada. De repente, la felicidad que sentí durante mi embarazo por haber formado una vida perdió importancia. Perdí las ganas de vivir.

No me dejé hundir más porque algo lejos, una vocecita casi muda me llamaba y me recordaba que MI no tenía la culpa de lo que pasaba. Ella ni siquiera había pedido nacer. Fui yo la que la deseé y la soñé y la esperé. Yo le di la vida y yo debía hacerme responsable de ella.

Confieso que me perdí los primeros tres meses de su vida porque mientras dormía, lloraba en estado depresivo y cuando despertaba, me tragaba las lágrimas para que ella “no me viese llorar”. La verdad es que ella lloraba dormida y despierta. Yo no la supe entender.

Si no hubiese sido por la incesante compañía que me hicieron mis hermanas y mis amigas, especialmente mi hermana menor quien me ayudó a recuperar la lactancia exitosamente, este estado se hubiese alargado in saecula saeculorum. Pero el mayor apoyo lo recibí de aquella criatura a quien le di vida en mi vientre.

Nov 2011 014 ¿Quién da vida a quién?

Risa de MI

Por MI, por sus primeras sonrisas, por sus cantos mañaneros, por sus pequeños abrazos, su delineada boquita buscando mi pezón, sus puñitos cerrados alrededor de mi seno, por sus caritas de admiración cuando descubre algo de este inmenso mundo que para ella es totalmente nuevo, por su risa ligera, por sus ojitos llorones cuando tiene hambre o quiere el abrazo de mamá, por ella y solo por ella me levanté del fondo del hueco y empecé a trepar muy poco a poco para salir y continuar con la vida.

 

Siempre he sentido que ella me llama y me desea y me sueña y me espera. Ella me está dando la vida de vuelta, los deseos de aprender, de investigar sobre maternidad, crianza con apego, parto humanizado, lactancia materna, sobre ese instinto que nos da la vida cuando damos vida. Es nuestra historia la que me impulsa a desear ayudar a otras mamás y papás a procrear conscientemente.

Es mi hermosa hija la que me da solaz cuando duerme a mi lado y su cuerpito busca mi calor. Es ella quien me devuelve la esperanza y el deseo de luchar por hacer de este un mundo mejor. Es ella quien me hace preguntarme: ¿Quién le dio la vida a quién?

Reunión de Grupo de LLL Venezuela 30 de Agosto

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LA LIGA DE LA LECHE VENEZUELA (LLLV) – parte de La Leche League International – es una asociación sin fines de lucro que brinda información, apoyo y ayuda a las madres que deseen amamantar a su hijo, a través de reuniones mensuales o contacto personal (GRATUITAS).

En Caracas Venezuela, existe un grupo de apoyo con reuniones mensuales a las que puedes asistir.

Si desea recibir una invitación a las reuniones, envíe un correo electrónico a lactanciaencaracas@yahoo.com

Queridas Mamás y futuras mamás:

Las invitamos a participar de nuestra reunión de grupo de LLL Venezuela del mes de agosto, a celebrarse este jueves 30 a las 10:00am en Santa Rosa de Lima. La sede de la Asociación de Vecinos de Santa Rosa de Lima, Asolima. Está ubicada entre el colegio Santa Rosa de Lima y la Federación de Tenis, al lado del Módulo de la Policía de Baruta Hay estacionamiento dentro del lugar y es bien seguro.

En esta reunión podrán compartir con otras madres y conocer sus experiencias de lactancia, aclarar dudas y pasar un rato agradable con sus bebés. Las que quieran pueden llevar algo saludable para compartir un refrigerio al final de la reunión. Las reuniones no tienen costo, y pueden asistir con quienes las apoyen en esta etapa tan hermosa e importante. También pueden invitar a quien crean que podría interesarle asistir.

Esperamos puedan acompañarnos en esta oportunidad! Por favor confirmar su asistencia por correo electrónico.  lactanciaencaracas@yahoo.com

 

La soledad de la sala de partos

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Luisa y yo cuando éramos pequeñitas

Era sábado en la noche y, cansadas de las labores del día, mi hermana y yo nos sentamos en la cocina a comer. Una complicidad tácita nos hizo mandar a los niños a jugar al extremo opuesto de la casa. Teníamos una frustración compartida por los contratiempos que no nos permitieron cumplir con los objetivos de trabajo planeados para ese día.

Conversando sin ganas, vagando de un tema a otro, un poco aburridas, caímos en el tema de los partos. Yo empecé a asegurarle que sí era posible tener un parto sin medicación. Ella, que tuvo un parto acostada y sin anestesia, me aseguraba que eso dolía demasiado y que no se imaginaba pasar por un parto nuevamente sin la epidural.

Cuando empecé emocionada a explicarle por qué le había dolido tanto y qué debía hacerse en esos casos, me detuvo en seco y me dijo “Louisiana, no quiero hablar de eso”. Me explicó que el parto había sido un trauma que no quería recordar y que le dolía mucho hablar de eso. Yo, que había estado de pie tratando de explicarle lo del suelo pélvico y la oxitocina natural, me quedé paralizada y fría. Me senté nuevamente y le dije que debíamos trabajar para superar eso para poder dar apoyo a otras madres. Ella me dijo que apoyaba en cualquier área, menos en el parto.

Mi hermana mayor, después de quince años de haber parido, estaba sentada frente a mí diciéndome taciturna que no había superado el trauma.

¿Cómo no noté que ella nunca hablaba del parto?, ¿cómo no me di cuenta que cada vez que hablaba de las desventajas de la epidural, ella me mandaba a callar alegando que como yo no había vivido ese dolor, no podía opinar?, ¿por qué me permití esa ausencia y distancia?

Convenimos en que ella apoyaría durante el embarazo y el puerperio, y yo durante el parto, por lo que era prioritario que se certificara como consejera de lactancia materna y educadora perinatal, y yo como doula.

Le conté que yo había escrito y publicado en Facebook mi nota “Denuncia prescrita” como medida desesperada, una noche en que no podía dormir porque la rabia, la frustración y la tristeza no me dejaban en paz. A mí me sirvió para deshacerme de los demonios que me perseguían cada noche cuando MI se quedaba dormida. En realidad, estaba obsesionada con el dolor, por lo que debía liberarlo de algún modo.

-Gorda, ¿y si lo escribes?-. Le planteé que quizá a ella también le pudiese servir de ayuda, aún cuando no fuese a acompañar a nadie durante el parto. Era imperativo y urgente que se dedique a purgar el trauma.

Para mi sorpresa, sin que yo se lo pidiese, ella se puso a contarme su historia. Juro haberme agarrado el corazón de la impresión. Ella bajó la voz, suavizó la expresión y empezó el relato. La cocina se convirtió en un espacio de absoluta intimidad, de esos momentos que espontáneamente se vuelven sagrados y agradeces a Dios por estar en el lugar correcto. Mi hermana abría su alma para contarme su historia y yo abría la mía para escucharla.

No recuerdo sus palabras exactas. Lo frase que más me impresionó fue precisamente con la que comenzó: “Recuerdo que era un lugar muy frio y me sentía muy sola”.

Desde entonces me he dedicado a preguntarle a las mujeres, en público y en privado, cómo se sintieron en la sala de parto (o en el quirófano, en el caso de cesárea). La respuesta más común es “sola”, palabras más, palabras menos. Pocas me dicen que sintieron una felicidad increíble.

Un alto porcentaje me comenta que solo se dirigían a ellas para darle instrucciones, rara vez para consultarle sobre algún procedimiento o para darle apoyo emocional. De resto, tanta gente en una habitación hablando entre ellos y una mujer siente una soledad asfixiante que decanta en miedo. En mi caso, solo el anestesista y una enfermera me dirigieron la palabra.

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Imagen tomada de http://www.kindreddoula .com/doula_services_ and_childbirth_education

No todos los casos son iguales, algunas mujeres tienen suerte con los médicos y enfermeras que les hablan y les hacen sentir acompañadas, pero estos son raros casos. Y hay los médicos que han ido despertando y se han permitido reaprender totalmente su carrera permitiendo a la mujer ser la protagonista del nacimiento de su hijo, estos son más escasos todavía.

Esto debe cambiar y sucederá cuando hombres y mujeres seamos conscientes de los daños que produce en la humanidad nacer de ese modo, cuando deseemos cambiar el modo de traer hijos al mundo y cuando nos hagamos escuchar.

“Mis postjuicios acerca de la lactancia”

de Diario de una Infómana.

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Imagen tomada de: http://es.gravatar.com /ixioxd

Hoy he leído esta publicación que hizo mi hermana mayor en su blog (como pueden ver en el menú de la izquierda, lo tengo enlazado a este) y lo comparto con ustedes porque me gustó mucho.

Recuerdo con cariño cuando me contaba cuentos de su propia imaginación. Desde entonces, soy su fan número uno.

Comparto con ustedes un párrafo del texto, con la seguridad de que harán click en el enlace de su blog para leer el post completo:

“Cuando tuve mi primer hijo, soltera, por ignorancia le di tetero al nacer y, además dejé de amamantarlo a los 6 meses. Recuerdo que mis padres me dijeron que el bebé debía dormir en su cuna. Pero el lloraba de noche, a mí me partía el alma, la verdad. Y sin haber leído nada acerca de maternidad consciente, lo saqué de la cuna y me lo traje a mi cama. No puedo más que sonreír ante este recuerdo. Sentía que él me daba toda la seguridad que no había recibido, con su cuerpecito calentito junto al mío.  Sin embargo, al día siguiente mis padres me dijeron que eso no debía ser. Y en la noche, cuando mi hijo me llamó de nuevo, puse su cuna al lado de mi cama, él estaba parado en ella, y le di mi cabello que lo tenía muy largo, para que lo tocara mientras yo me acostaba muy pegadita a la cuna. Él me tomó el cabello,  se calmó y allí estuvo, levantado, viéndome hasta que se sentó, luego se acostó y se durmió. En cuanto pude de nuevo, lo pasé a mi cama, eso nos hacía bien a los dos. Tan necesitados de seguridad estábamos. Además, él había destruido la cuna completamente, con mi complicidad, que no hice nada por repararla, aunque muchas veces me dijeron que lo hiciera”.

http://diariodeunainfomana.wordpress.com/2012/05/28/mis-postjuicios-de-la-lactancia/